16.8.05

un CUENTAZO escrito por mi mejor amigo (más adelante lo voy a ilustrar)

Si las vías hablaran...

...se conocerían muchas historias, dice la gente, si yo hablara. Los viejitos que se paran a mi lado recordando cuando los llevaba a pasear por esos bellos lugares siempre me dicen en sus suspiros “Aaah, si estas vías hablaran”. Y la verdad es que lo han añorado tanto que les voy a contar algo para que me recuerden.
Mi vida
Me dieron vida en septiembre, creo que un día dieciséis, en el año 1908. y estuve creciendo durante seis años, entonces ya era grande y podía recorrer Chubut desde la costa hasta Sarmiento, acompañada de los paisajes más hermosos que pueda haber visto jamás.
Cuántas personas han trabajado tanto para verme vivir, cuántas naciones llevo en mis negras y extensas venas; rusos, españoles, búlgaros, italianos, yugoslavos, portugueses, polacos y suecos fueron los hombres que me adoptaron como a una hija y con picos, palas y dinamita me hicieron un camino en estas tierras. Me dieron dieciséis tías para que no me sienta sola, con una no hubiera alcanzado porque yo era muy grande.
En mis mejores tiempos llegué a medir 197 Km, sin sumarle mi brazo de 10 Km. Con el que abrazaba a mi tía Astra, y llegué a la altura de 870 m sobre el nivel del mar. Mi trabajo era muy placentero, aunque a veces cometía algunos errores que costaban mucho, yo debía llevar en mi lomo a los trenes, mis amigos de hierro, para que visitaran a mis tías, cosa que les debía encantar porque lo hacían todos los días, ellas los cuidaban, les daban el alimento necesario para que sigan marchando, la que más los cuidaba era Talleres. Cuando estaban enfermos los llevaba hasta allí y los curaban, muchas veces se enfermaban o lastimaban lejos de alguna tía pero como eran precavidos llevaban gente que los curara con primeros auxilios y si no los podían curar, llamaban a otro coche y yo lo traía enseguida, luego llevaba a los dos para que mi tiíta los sane. Ellos que eran más inteligentes tenían un trato con las personas, como dije antes las personas se encargaban de curarlos y a cambio mis amigos transportaban a la gente. Además consiguieron que me atiendan a mí también porque yo debía estar siempre derecha y en buen estado para llevar a mis amigos sin que se me caigan.
Hoy parte un tren, pero no es un tren cualquiera porque no soy yo quien lo carga, es un tren fantasma que carga mi alma y mis recuerdos a mi tumba en el mar. Como puede volar, el viaje no será muy largo así que pueden venir conmigo los que quieran conocerme un poco más antes de que desaparezca por completo.
El viajeMi viaje comienza donde terminé de crecer, con tía Sarmiento, a 197 kilómetros de nuestro destino final. La estación de mi tía allí ya no está por causa de un incendio hace seis años, en 1994, de ella sólo quedan dos galpones, un tanque de agua y las casas de las “cuadrillas de mantenimiento “, todo eso será suficiente para que mi tren marche. Me acuerdo que aquí la gente estaba muy contenta el día que me vieron llegar porque pensaban que yo era el símbolo de algún progreso y era verdad porque les ahorrábamos mucho tiempo con mis amigos al llevar a la gente a Comodoro, o al llevar los productos de agricultura y ganadería que se cultivan y crían allí. Estoy seguro que se lamentaron mucho cuando se enteraron de mi fatal destino porque “la estación”, como ellos le llaman a mi refugio, era su conexión con el mundo, por ahí pasaba toda la gente, y cuando alguien importante visitaba la ciudad, éramos mis amigos y yo los encargados de transportarlos hasta el lugar.
Mis amigos¿Conocen a mis amigos?. Tuve amigos de tres razas diferentes, bueno, amigos y amigas por ejemplo ahora estamos abordando a mi amiga Locomotora. Ella era y es la que más me gusta, tal vez no era tan elegante como mis otros amigos pero su belleza es algo que va más allá de lo físico, aunque nunca se lo dije por vergüenza. Su cuerpo era así: tenían la cabeza donde se metía la gente para manejarla, su delgada cadera, más conocida como caldera, sobre la cual reposaba su delicada boca por la que exhalaba el humo y su tercer ojo que abría en las noches, abajo estaban sus curvadas piernas y sus fosas nasales que exhalaban el vapor que la hacía estar viva, adelante estaba su cola o miriñaqui con el que barría los escombros que yo no me podía quitar de encima, y con sus brazos tenía agarrado un carrito donde llevaba sus alimentos. A veces me acostaba y la esperaba, la veía venir imponente con su miriñaqui, que era como un soldado abriéndole el paso al rey.
“En el hogar, acá adelante donde esta la cabina, porque está el hogar, la caldera, este es el domo que se le dice, acá tiene la válvula de seguridad. Después tiene el tender que esta atrás de la caldera donde tienen el agua y el petróleo para que pueda prender fuego la caldera o en el hogar mejor dicho. Entonces el petróleo va... ¿cómo les puedo decir? Este... y acá en esto esta la tubería, los tubos y esta todo bañado en agua, y esta es la chimenea, entonces el fuego, que esta en el hogar, pasa por la tubería y pasa por acá el humo, por la chimenea y va calentando el agua, y el agua entra por medio de unos inyectores que tiene ya y se trabaja a vapor, entonces va trabajando para que vaya entrando el agua a la caldera. El petróleo mantiene el fuego y lo que hay que hacer es ir llenando la caldera con agua porque se va gastando. La máquina tiene una válvula de presión que la, es hasta doce quilos y uno no la tiene que dejar soplar a la caldera sino mantenerla mas o menos once quilos y medio siempre, ¿me entendés? Porque si no sopla entonces sale todo el vapor que tiene de más. Y entonces al soplar la válvula adentro el agua se revuelve todo, se descompone todo. Por eso, pa’ el trabajo, para los cilindros que tiene para el movimiento de la máquina, el cilindro que tiene y eso.”
Estas son las palabras de un hombre explicando el funcionamiento del tren, si me lo preguntaran a mí simplemente contestaría que “Morocha” comía el petróleo por una boca que tenía en la cabeza, lo digería en su estómago junto con el agua que tomaba, de allí sacaba la fuerza para mover las piernas un poco para ayudarme y despedía lo que no le servía por la boca de arriba, y respiraba por la nariz como todos. Pero los hombres necesitan explicaciones que puedan comprender para tomarlas como verdaderas, nadie hubiera creído que el tren y yo estábamos vivos o que estamos viajando en este instante, ni que cuando me aburría y nadie estaba mirando, me entretenía haciendo olas con mis brazos, la gente no se daba cuenta pero creo que sospecharían algo cuando encontraban que las vías, como nombraron a mis brazos, estaban un poco dobladas o corridas de lugar. No importaba porque mandaban a las cuadrillas de mantenimiento y me arreglaban enseguida. En realidad, creo que el trabajo que hacían los hombres era el de controlar a mis amigos porque imagínense que Locomotora comiera mucho de golpe, podría llegar a explotar su estómago, o que alguno de ellos no se quisiera detener, porque lo que les gustaba era estar en movimiento; su trabajo era controlarlos para que no se dañen.
La primer paradaYa hemos recorrido casi quince kilómetros y estamos llegando donde mi tía Colhué Huapi. Recuerdo el aroma de los productos agrícolas que se cargaban en el tren cuando pasaba por aquí, la imagen de las chacras sembradas, que algunas se conservan todavía, y con los árboles y las lagunas quedará en mi memoria. Si había lugares en los que ayudábamos, este era uno de ellos porque era muy importante que trajera a mis amigos ya que éramos casi el único medio por el cual la gente podía hacer llegar sus productos a la ciudad, por eso es que sufrió un golpe duro la economía de aquí cuando me diagnosticaron la muerte, era el mismo diagnóstico para los dos.
Largas extensiones con sus mantas de matas se abren paso entre las mesetas. Qué lindo, estoy viajando de lado de la ventanilla y puedo ver todo otra vez.
¿Saben?, las locomotoras podían correr a más o menos ochenta kilómetros por hora y podían remolcar hasta alrededor de mil toneladas, que serían como catorce o quince vagones; y podían marchar hacia delante como hacia atrás.
Nos encontramos a casi cuatrocientos metros sobre el mar y estamos arribando a donde nos espera mi tía Parada Km.162. Con su nombre nos indica que nos faltan 162 kilómetros para llegar a Comodoro. Nos espera de pie, firme como un soldado, el tanque de agua que nos alienta al pasar; y también los fantasmas de los hoteles y la estación de bombeo de petróleo. Sí, acá mis amigas cargaban alimento en unos vagones especiales de los cuales no podían comer nada, porque eran golosas y cuando tenían oportunidad comían hasta hartarse, sin mencionar la cantidad de agua que bebían a diario. Puedo escuchar las ovejas que balan al ver pasar a Locomotora, ellas eran amigas. Si había vagones especiales eran los mixtos en los que mis amigas llevaban a la gente, no serán los más cómodos pero estoy seguro que mucha gente quisiera viajar otra vez en ellos como lo hago yo ahora. Porque después vinieron los coche-motor como Gans y Drewly que eran más avanzados y lujosos pero no se comparan a Locomotora. Lo que tenían todos mis amigos en común es que todos eran extranjeros, ya sea franceses, alemanes o norteamericanos, pero ninguno era folklórico.
Este es el Valle Hermoso y ese es el nombre de mi cuarta tía en este recorrido. La pobre está tan descuidada que ya no le hace honor al nombre, por lo menos yo antes la veía mejor que ahora. A cuatrocientos metros sobre el nivel del mar y veintidós kilómetros de la parada anterior lo único que encontramos de mi mami son las ruinas de las casas de las cuadrillas de mantenimiento, dos viejos pero queridos aljibes y algunos árboles que aún vigilan el paraje. Ya no queda ni el rumor de las ovejas que antes aquí había, por suerte disfruté el lugar en mis tiempos de vida.
Los que quieran bajar al baño que aprovechen ahora porque la próxima parada queda a veintitrés en subida y se hace lento y largo, en cinco minutos se suena el silbato.
A seguir viajePasando los quinientos metros de altura nos espera nuestra tía agua, Km 117. qué importante era esta mujer en particular, se hubieran deshidratado tantas veces mis amigas de no ser por el agua que en este lugar se les daba. Bebe mucho y tranquila amiga mía que no hay prisa hoy y la cuesta se nos adelanta mucho todavía. El cañadón mantiene sus vertiginosas pendientes, lo que no se mantuvo fue la casilla del antiguo personal, por suerte para nosotros los dos aljibes y el tanque no corrieron ese sino. Recuerdo que los hombres muchas veces dejaban al cuidado de mi tía algunos vagones cuando venían muy cargados porque sino no podían subir. Una vez unos señores desengancharon menos vagones de los que eran necesario, entonces mi amiga no podía subir, y eso que usábamos todas nuestras fuerzas, entonces desengancharon otro en la subida. Fuimos con Cañadón Lagarto, mi tía más próxima, dejamos los vagones en un desvío y volvimos para buscar los otros, pero no acordábamos del que habíamos dejado en la subida, cuando lo vi ya era tarde, no pude frenar “Morocha” y lo chocó, rompió el vagón y se me cayó encima el petróleo. Luego no se animaba a subir y patinaba en el petróleo, entonces los hombres me tiraban arena encima y así sí se animó. También me tiraban arena cuando caían heladas y se me congelaban los brazos.
A ciento cuatro mil metros de destino encontramos a tía Lagarto, Cañadón Lagarto. Nos elevamos ya setecientos ochenta metros sobre el azul. Creo que de todas mis tías esta era la más gruñona, de ahí entiendo lo de lagarto (para otros es por algo de la geografía o no sé qué) porque siempre que llegábamos nos castigaba con fuertes vientos que nos dificultaban la marcha, ni hablar de cuando nevaba en invierno, pasar era una odisea, y encima de todo nunca nos daba agua. Generalmente acá cargábamos mercaderías que los estancieros y ovejeros nos acercaban, como en toda la región, y a la gente le iba muy bien hasta que crecí hasta Sarmiento y entonces esta zona dejó de ser tan importante.
El frío inviernoLo que me preocupaba a mí era el invierno porque la nieve llegaba hasta dos metros, yo quedaba sepultada y mis amigos tenían mucho trabajo para pasar, por eso usaban una especie de pollera corta llamada miriñaqui, con la que barrían la nieve a un costado, también ayudaba la gente con sus palas. Una vez se me resbalaron las piernas del tren y se descarriló, por el hielo. Para encarrilarlo yo nunca pude hacer nada porque si los hombres me veían moverme, el escándalo que se armaría, ¡Una que se mueve!. Los que trabajaban eran ellos con unos críquet que tenían, con los que iban corriendo poco a poco al tren hasta que me lo cargaban encima de mis brazos.
Por el paisaje ya veo que estamos llegando con tía Km. 96. Esta estación era para la comunicación porque de allí se distribuían las llamadas telefónicas a Sarmiento y las estancias vecinas. Tía siempre estuvo y está acompañada de una larga y semi-desierta planicie poblada de matas y algún par de árboles, y de las intensas nevadas de invierno que superan los dos metros de altura. Si les dije que las nevadas en Cañadón Lagarto eran terribles, me quedo sin adjetivo para las nevadas de esta zona porque el frío permanecía todo el año. A la que no le importaba mucho esto era a la Morocha pero a Drewly, a Gans y a mí nos importaba más porque ella tenía una barriga muy calientita y nosotros no. Por eso ella siempre nos hacía el favor de despejarme el lomo con su hermoso miriñaqui, librarme de ese acolchado blanco para que Gans y Drewly puedan jugar a recorrer los horizontes conmigo, como lo hacía Locomotora cuando era joven como ellos.
Mis otros dos amigosComo les mencioné antes los otros amigos que tuve eran más refinados que Locomotora, se llamaban Drewly y Gans, a Drewly le decíamos “Cucaracha” o “Chanchita” porque era chiquito y achanchado de forma física. En cambio Gans era grande y largo, más grande que la locomotora. Ellos eran, para la gente que los utilizaba en sus viajes, más cómodos que los vagones de la Morocha, tenían capacidad para menos gente pero como eran más rápidos, llegaban a los 120 kilómetros horarios, y poseían elementos de navegación más avanzados que requerían menos trabajo por parte de los maquinistas; los dos se alimentaban de nafta y no necesitaban llevar un carrito con la comida. Como era más grande, Gans iba hasta Sarmiento con pasajeros y los dos maquinistas que siempre debían estar a bordo, Drewly, en cambio, hacia recorridos cortos de Comodoro a Diadema, Escalante, Km 8 y Astra, algunas tías que luego veremos.
Descontando distancia81..., 80..., 79..., tía Holdich. 78 kilómetros nos separan ahora de Comodoro y estamos en una meseta a ochocientos veinte metros sobre el océano. Acá veníamos a traer mercadería a la población, el agua la buscaban ellos en vertientes que encontraban en lo profundo de los cañadones o utilizaban el agua que el cielo les proveía con sus lluvias. Electricidad no había, en las noches se usaban lámparas de kerosene y para calentarse hacían uso de leña o estufas a kerosene. En estos parajes reina el viento, acompañado de fuertes nevadas y un intenso frío en invierno que dificultaban las tareas petroleras que se llevaban a cabo. Para comunicarse tenían una línea de teléfono que los unía con Comodoro, Sarmiento y algunas estancias. Lo que más recuerdo de mi tía es que tenía un lugar llamado boliche “Los Vascos” que era muy querido por la gente que lo frecuentaba cada vez los traíamos por estos pagos, debía ser un lugar lindo porque siempre salía la gente muy contenta y risueña.
Se me vienen a la memoria varios momentos del duro trabajo que representaba cruzar los llanos cuando había nieve, pero eso, decía mi tía, es lo que me haría fuerte y tenía razón. Una vez que estaba con “la negra” destapándome de la nieve, nos avisaron que el autovía se había atascado en el kilómetro 90, lejos de cualquiera de mis tías, entonces quise llevar a Morocha hasta allá pero ella caminaba hacia atrás y el tanque de agua que siempre llevaba de un lado a otro no tenía ese miriñaqui para barrer la nieve a un lado, entonces se estaba formando un freno de nieve porque esta se acumulaba debajo de mi amiga. El algodón de cristal se congeló y mi amiga no pudo andar para adelante ni para atrás. Luego salí volando a buscar ayuda y encontré a una hermana de Locomotora que fue conmigo a sacar el coche motor (coche motor, autovía así les llamaba la gente a Drewly y Gans) que estaba con pasajeros, pero no pudo ir a buscar a su hermana porque se quedó sin agua. Pasó bastante tiempo hasta que con ayuda de los hombres que con una maza y agua caliente aflojaron el hielo para que Morocha vuelva a andar.
Un viaje difícilY me acuerdo de una peor, el coche motor se quedó en el kilómetro 52 porque la nieve no lo dejaba avanzar y no podía ir para atrás porque tenía problemas en las piernas, se le había roto unos bulones del eje pero eso lo arreglaron y con Locomotora, que venia de tía Escalante, llevamos al coche motor hacia allá y esperaron a que lleve a otra hermana de la negra para hacer el ascenso, porque Gans iba al oeste y hay que subir para ello. Con ella pasamos por donde antes se había atascado Gans y seguimos sin problemas un rato hasta que nos topamos con un sector de mucha nieve entonces los hombres desengancharon el autovía y la chica comenzó a embestir la nieve con toda su rudeza porque daba más miedo cualquiera de ellas que los otros dos pibes. Esto se repitió varias veces antes de llegar con Holdich, pero allí no había ni el loro, el personal no estaba y no había agua en el tanque. Así que seguimos camino, algunas veces los hombres se bajaban a palear la nieve que llegaba a un metro y medio para poder pasar, también algunas veces se afiebraba mi amiga y se paraba la marcha. La gente que iba en el coche motor estaba nerviosa e inquieta porque ya llevaban varias horas de viaje. Se siguieron con las tareas de despeje, lo mismo hacia el equipo de fútbol de Santiago de Chile que ese día perdía contra Racing por dos a uno. La temperatura castigaba alrededor de los diez grados bajo cero, pero a la noche descendía hasta quince. El trayecto no se podía seguir, el coche casi no tenía alimento y la nieve se convertía en un bloque de hielo que podría lastimar a mi amiga. Decidimos volver con la frente marchita de tanto trabajo en vano, ahora el trabajo era volver. La marcha se detuvo un kilómetro antes de Holdich y la gente debió caminar el resto. Allí comimos todos. Luego los llevé con dos locomotoras en Gans hasta Comodoro, había pasado treinta y dos horas y cuarenta minutos para entonces.
La calma después de la tormentaCon tanta charla espero no haberlos aburrido, por lo menos se pasó el tiempo y ahora podemos ver a mi tía Pampa del Castillo. Ella es tía cielo porque es la que esta más alta, ochocientos setenta metros sobre el nivel del mar. A partir de ahora el viaje es de bajada, bueno a este tren volador no le debe importar mucho pero en los viejos tiempos, saber que en este punto culminaba el camino de subida, significaba que era el comienzo de la parte relajada de mi vida. Sólo nos restan sesenta kilómetros de recorrido. Antes se veían más ovejas, ahora abundan los pozos de petróleo, la fauna cambia con el tiempo. Lo bueno es que mi tía se mantiene muy bien, incluso hay gente viviendo por aquí, a diferencia de mis otras tías que no se cuidaron y terminaron abandonadas, no todas claro.
Como les mencioné antes acá empieza el tramo que baja. Yo siempre jugaba con mis amigos, jugaba carreras y siempre ganaba porque por más rápido que ellos iban no me podían alcanzar, yo todas las veces les sacaba un horizonte de distancia aunque ciertas veces me cansaba y acortaban la distancia a una curva o a una loma. Por esto digo que yo los llevaba, ellos no me necesitaban para moverse por más que yo sentía lo contrario en ocasiones, pero me necesitaban para que los guíe a través de las tierras, si no les marcaba el camino se podían caer en precipicios o algo así. El problema es que Drewly y Gans se entusiasmaban mucho con las carreras y algunas veces sufrieron accidentes por correr tanto. Uno de estos accidentes se produjo cuando el coche motor salía de Punta Piedras y trató darme alcance con todas sus fuerzas sin darse cuenta de que no podría realizar la curva próxima. Al llegar a ella volcó y fue terrible, más que nada para la gente que transportaba porque encima llevaba más de la que podía, los pasajeros sufrieron muchas heridas e incluso algunos murieron. Mi amigo se recuperó y muchas personas también porque en lugar había gente que se animó a ayudar a rescatar a los heridos y llevarlos al hospital.
La sonrisa de mi tíaYa me estaba poniendo triste pero justo llegamos con tía Escalante que nos recibe con una sonrisa. Siempre me gustó pasar por acá, antes venía y recogía verduras y otros productos agrícolas que luego llevaba para abastecer a Comodoro. Estamos ahora a cuatrocientos metros de altura sobre el mar. Me gustaba observar las labores en el campamento Escalante que antes existía cerca. Tal vez lo que más me atraía del lugar es que está rodeado de altos cerros, se ven sobre protectores, como padres que cuidan de sus hijos y de los árboles que lo adornan. Tranquilo como el estado en que llegamos acá aquel día, pero cuando retomamos el camino a Comodoro, con Locomotora porque era la que podía llevar carga, el peso que llevaba era mucho inclusive para ella y no se podía frenar para nada. Los maquinistas la ayudaban a que intentara mover las piernas hacia atrás para frenar pero no era suficiente, tampoco ayudaban mucho los frenos de los vagones que arrastraba, los pies sacaban chispas al contacto con las zapatillas de freno, y encima venía un coche motor en dirección a nosotros aunque todavía algo lejos. Por suerte los guié hacia una subida y allí Locomotora realizó el último esfuerzo y se controló la situación.
Ahora me acuerdo de otros accidentes que tuvieron los chicos. Otra vez por correr, me arrepiento muchas veces de haber propuesto ese juego, el coche motor quiso alcanzarme en una curva y se salió de la vía dando vueltas, quedó patas para arriba el pobre y bastante lastimado, como los pasajeros que además de heridas hubo algunos que sufrieron la muerte. Y se me viene otro a la memoria, será la tristeza de que se me acaba el viaje que se está contagiando a mis recuerdos, el coche iba lleno de gente y de entusiasmo por la carrera y también volcó fuera de la vía provocando la muerte de muchísima gente.
La bella DiademaVeo que ya no puedo evitar contraer la tristeza del viaje, pero justo a tiempo para que me alegre un poco llegamos con otra tía mía, esta vez se trata de Diadema (Km 27). Para esto construyeron a mis tías los buenos hombres, para que no me sienta sola y triste, y se los agradezco porque ellas aparecen en los momentos necesarios y ya no sé si soy yo el que llega con ellas o si son ellas las que vienen a mí al escuchar mi pena. Diadema nació como un campamento petrolero como muchos nacimientos del Chubut, más o menos cuando yo nací, en el año 1921. Su apellido se debe a que se encuentra a veintisiete kilómetros de Comodoro y tiene una altura de ciento sesenta metros sobre el gran azul de abajo en el cañadón que la cobija. Diadema, a diferencia de otras tiítas, a crecido mucho desde la última vez que la vi en vida, ya no es un simple campamento de hombres petroleros ni otro punto en el paso de las vías del tren, para ninguna significó eso nunca pero para alguna gente puede ser que sí. Allí están las Carmelitas Descalzas dándonos su bendición para lo que queda de camino, a ustedes no les quedará mucho para bajarse pero a mí me queda un camino más largo y la bendición me ayudará más que este tren a recorrerlo.
Por acá nos caímos con Locomotora una vez que ella estaba arrastrando unos cuantos vagones, tenía una fuerza bárbara, con la carga tenía un largo notable y para agarrar los vagones se tuvo que pasar un desvío entonces para tomarlo debía retroceder un poco. Cuando retrocedió pasamos por un puente y este tenía unos caños sueltos en parte de arriba que se me cayeron encima y cuando pasó el tren se descarriló y se volcaron los tanques de petróleo. Parecían tortugas mis amigos, no por la velocidad, si no porque parados andaban por donde quieran pero cuando se caían de costado o quedaban patas para arriba no podían moverse para nada.
Las peleas con los autosLos caminos me traen recuerdos, yo era camino y ahora soy recuerdo, pero los caminos que de los que hablo son esos que guiaban a los carros y luego los autos y camiones a quienes no les guardo ningún rencor a pesar de que en buena parte es por ellos que desaparecí. Recuerdo peleas que teníamos porque los dos queríamos pasar por los mismos lugares y entonces a veces hacíamos que se choquen los camiones que ellos levaban con mis amigos, claro que no era nuestra intención lastimar a nuestros amigos. Una vez que Drewly o Gans, no me acuerdo bien quien de los dos era, había estado un poco enfermo y cuando se recuperó, como era costumbre, salía a dar una vuelta con el maquinista solo, sin pasajeros, porque era pruebas de salud para ver si ya estaba bien. Y cuando llegamos por el kilómetro nueve, se nos cruza un camino con un camión y lo agarramos por la mitad. Pobre mi amigo salió de enfermo para quebrarse, por suerte al maquinista y al mecánico no les paso nada porque se tiraron hacia la parte de atrás del coche motor.
A veces me descuidaba y metía la pata porque no me daba cuenta y hacía que mis amigos se choquen entre sí y quedaban bastante maltrechos. Una de esas veces pasó que por acá en la zona de tía Diadema lo llevaba a Drewly hacia Comodoro y se le aflojaron las piernas, los maquinistas decían que se le había roto las cañerías con las que se llenan de aire unos tambores que se usan para frenar, entonces comenzó a agarrar una velocidad tremenda que pasaba los doscientos kilómetros por hora debido a la pendiente. Pasó de largo Km 5 sin darme tiempo a que lo desviara y seguía a toda velocidad mientras de Comodoro salía otro coche al que no tuve la fuerza de detener porque me había agotado tratando de frenar al otro. Lo mismo me ocurrió otra vez pero antes en el tiempo, llevaba un coche con el mismo destino que el anterior pero a este se le cortaron los frenos cerca de Escalante así que alcanzo una velocidad mayor, casi me alcanza a mí. Y terminó estrellado con otro coche en la salida de Km 3.
La enfermeraLo bueno para rescatar de estas tragedias, porque si nos ponemos a hablar solamente de lo malo tendríamos que viajar otra vez a Sarmiento y volver acá para que nos alcance el tiempo, era que mis amigos tenían oportunidad de visitar a tía Talleres (Km. 5). Era la enfermera de ellos, mis enfermeros eran las cuadrillas de mantenimiento, en los talleres que aquí se encontraban los curaban los hombres porque eso estaba en el contrato. Tía Talleres tiene un apellido como tía Diadema porque ya estamos a cinco kilómetros de terminar el viaje. Además de hacer de enfermería, este lugar era como una maternidad porque de acá yo veía que nacían mis amigos.
Lastima que a mí ya no me pueden curar del mal que tengo, ya pasaron muchos años de mi muerte y mis huesos están muy desgastados como para que funcionen de nuevo. Fallecí en el año 1978, el gobierno militar dio la orden de fusilamiento, la bala fue para mí pero muchas de mis tías murieron por mi ausencia. Saludo en este momento en que el mar me aleja el horizonte y la ciudad de Comodoro se me presenta tras el cerro, a mis tías Comferpet (Km. 8) y Astra y les pido perdón por no haberlas visitado como a las otras tías pero les recuerdo que las quiero a todas por igual como todo buen sobrino, y todos los números que están en letras son para que vean que aprendí a escribir. Ahora comprendo el por qué los salomones vuelven al lugar de su nacimiento para morir y por eso hago lo mismo que ellos, los animales saben muchas cosas pero al igual que mis amigos no las pueden contar a nadie. Te veo ahora más hermosa que nunca Comodoro Rivadavia y por eso me da pena mi partida puesto que a mí me hubiera gustado seguir trabajando, volver como atracción turística al menos. Allí esta la mesa giratoria, pasando la estación.
Terminal
Quizá no les haya gustado este viaje por tanta charla y charla que les di, pero qué se le va a hacer si tengo una lengua de muchos kilómetros. Les agradezco el que escucharan mis historias y mis penas, me han ayudado a desahogarme. Bueno en esta parada se pueden bajar ya, tía Comodoro los va a cuidar bien, como me cuidó a mí. Cuando vean mis huesos esparcidos por las tierras no se entristezcan porque ya saben que a pesar de todo estoy bien. Y ahora sé que una parte de mí todavía está viva en este lugar, cargando a una locomotora y un vagón como en los viejos tiempos. Y otra parte también seguirá viva en la memoria de ustedes y de los viejitos que se pararán al lado de esa pidiendo que de una vez me calle.

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